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Diferentemente iguales

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Diferentemente iguales

¿No perciben que la desilusión recurrente genera angustia y depresión, y que destruye la confianza en un futuro mejor?

Desde hace algunos años, la discusión sobre “la grieta” es un tema recurrente en nuestra sociedad; según la definición de la Real Academia Española (RAE), “grieta” se define como una hendidura alargada y poco profunda. Si hacemos una analogía con la realidad argentina, podríamos decir que nuestra grieta es tal cual: “alargada”, porque se extiende a todo el territorio nacional, y “poco profunda”, porque curiosamente, y aunque se trate de disimular lo contrario, no hay mucha lejanía en los modos de actuar en ambas orillas.

La grieta alumbró de manera natural en nuestro país. Su nacimiento se puede ubicar en 2008, con la crisis del campo, debido a la tristemente célebre resolución 125, que establecía un sistema de retenciones móviles para el campo. Pero con el paso del tiempo fue creciendo gracias al aporte de algunos personajes del gobierno kirchnerista amparados para sostener su “macartismo” desde la propia cabeza del poder nacional.

Después del triunfo de Mauricio Macri en diciembre de 2015, se esperaba que la promesa de cerrar heridas fuera una realidad; a pesar de eso, la grieta siguió gozando de buena salud, aunque en este caso artificialmente azuzada y alimentada por operadores publicitarios del macrismo y del kirchnerismo, quienes creen ver un negocio político en la polarización electoral. Hoy, esta disputa tiene hastiados a la mayoría de los argentinos, que sin olvidar el latrocinio sufrido en el pasado reciente, están muy preocupados por el difícil presente y la incertidumbre del futuro.

La terquedad y la soberbia de ambos sectores impiden un grado de sensatez que lleve a mínimos consensos en un país acuciado por la pobreza, la pésima distribución del ingreso y un desempleo que crece con prisa y sin pausa.

¿Es tan difícil la autocrítica del lado K? ¿Es posible no reconocer los errores y la enorme corrupción demostrada palmariamente en 12 años de gobierno? ¿Cómo no pueden admitir que los socios internacionales que eligieron, entre ellos la Venezuela bolivariana, nos alejaron de la racionalidad internacional y de la república? ¿Cómo no hacer un mea culpa por la persecución a periodistas que no pudieron convencer y por el uso abusivo de la cadena nacional?

De los globos amarillos, me inquiero: ¿cómo no aceptan de una buena vez que han agudizado la crisis y que van por mal camino? ¿Cómo no admiten que las recetas del monetarismo extremo y el derrame fracasaron en nuestro país? ¿Cómo no deciden rectificar el rumbo antes de que sea demasiado tarde? Si bien estamos más integrados al mundo, ¿por qué no reconocen que los socios seleccionados, como el Fondo Monetario Internacional, y particularmente el arrogante Donald Trump, sólo piensan en cómo recuperar el dinero y en la reelección, respectivamente?

Claro, la respuesta parece obvia: ambos “ismos”, el kirchnerismo y el macrismo, tienen una visión maniquea de la realidad, son fanáticos y se creen poseedores de la verdad absoluta. Esto se puede percibir fácilmente en las redes sociales, alimentadas por los trolls pagos y los violentos de vocación, donde el nivel de agravio y la intolerancia llegan a límites nunca imaginados. Con semejante grado de agresividad, es muy difícil reconstruir un país.

Mientras tanto, la realidad nos muestra su cara más dura en medio de esta disputa obcecada: aumento significativo de la pobreza y del desempleo; crecimiento exponencial de la deuda pública; tasas de interés que impiden cualquier proceso de inversión y llevan a la quiebra a las pymes y a los pequeños comercios; y, a pesar del “apretón monetario” del Banco Central, una inflación que no da tregua a los bolsillos argentinos. Quienes tenemos algunas crisis encima, vimos varias veces esta película y, debido a ello, conocemos cómo terminan.

¿No se dan cuenta de que, en el medio de la confusión, muchos de nuestros jóvenes, buena parte de ellos formados en la universidad pública con un costo oneroso para el Estado, están pensando seriamente en emigrar para buscar previsibilidad y estabilidad en otros lares? ¿No perciben que la desilusión recurrente genera angustia y depresión, y destruye la confianza y la esperanza de un futuro mejor?

Los supuestos extremos parecen no tener límite; lo único importante es descalificar a quienes piensan diferente, con el solo objetivo de especular electoralmente.

Me recuerda a la fábula atribuida a Esopo. Un escorpión le pide a una rana ayuda para cruzar el río prometiendo no hacerle ningún daño; si lo hacía, ambos morirían ahogados. La ingenua rana accede, lo sube sobre su espalda y cuando están en la mitad del trayecto, el escorpión clava su aguijón sobre el lomo de la rana. Mientras esta se hundía, afectada por el veneno, le pregunta: “¿Cómo has podido hacer algo así? Ahora moriremos los dos”. El escorpión, que también se ahogaba, le respondió: prefiero la muerte antes que traicionar mi propia naturaleza.

Cambiar la esencia del comportamiento y de la mirada; esa es la gran cuestión.

 

 

*Doctor en Ciencia Política; profesor titular de UNC y de UCC

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