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Llorar por ti, Argentina

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Llorar por ti, Argentina

Ningún dirigente político con aspiración de triunfar expondría la cruda verdad en su agenda de campaña.

Se cumplieron 42 años del estreno del espectáculo musical No llores por mí Argentina, de los compositores ingleses Andrew Webber y Tim Rice. Una obra que puso el nombre del país en la cartelera del mundo y difundió una interpretación muy polémica sobre la vida, la obra y la muerte de Eva Perón, pero que artísticamente fue muy reconocida a nivel internacional.

Claro que, en el escenario actual, llorar por Argentina sería una forma de expresar el lamento por la incertidumbre que atraviesa el país.

Resulta difícil explicar a extranjeros cómo una nación que un siglo atrás presentaba parámetros de desarrollo de los más avanzados del mundo, muy por encima de la mayoría de los países europeos y de sus vecinos latinoamericanos, hoy transita en el filo del abismo de un nuevo default, altísimos niveles de pobreza, recesión, desempleo, inflación e inseguridad.

En un año de intensas campañas electorales, cada agrupación política hará responsables a sus adversarios de la situación actual, cuando en realidad la decadencia se comenzó a manifestar a mediados del siglo 20, y desde entonces nunca se detuvo.

Pasaron por el poder partidos mayoritarios elegidos de forma democrática y gobiernos militares de facto. Se sucedieron políticas desde muy nacionalistas y populares hasta las más neoliberales y conservadoras, y todas terminaron en grandes crisis, frustración y desencanto.

Pronto se verán eslóganes de campañas prometiendo salidas rápidas y fáciles, porque nadie gana elecciones exponiendo la profundidad del abismo en que la propia sociedad argentina se fue sumergiendo por décadas, como resultado de creer en la fantasía de que es posible distribuir más recursos y generar más bienestar que los que la propia sociedad es capaz de producir.

Esa fantasía fue haciendo aceptable la idea de que el Estado tiene bolsillos tan profundos como para subsidiar desde empresarios prebendarios hasta discapacitados que no son tales, y pagar niveles salariales y beneficios por encima del sector privado a una planta de empleados públicos inconmensurable, muchos de ellos elegidos a dedo por pago de militancia.

Hablamos de funcionarios, legisladores y asesores con ingresos que no guardan ninguna relación con el poder adquisitivo de quienes los sostienen con sus impuestos. Y de un sistema judicial muy costoso, cuya principal injusticia es la laxitud y la morosidad para resolver las cuestiones que a ella se someten. También de una estructura deficitaria de empresas del Estado que producen bienes y servicios caros y de mala calidad. Y de un sistema universitario público que se autogestiona no sobre la base de méritos académicos, sino de habilidades políticas.

Financiar ese gran elefante blanco a nivel nacional, y sus equivalentes en las provincias y las municipalidades, se lleva más de la mitad de los recursos que toda la sociedad genera. Una presión fiscal de las más altas del mundo que aplica un Estado que no devuelve ni los servicios ni la infraestructura que justifiquen tal nivel de presión.

Pero ningún dirigente político con aspiración de triunfar expondría esta cruda verdad en su agenda de campaña, porque las soluciones verdaderas implicarían un prologado período de sacrificios que espantaría al electorado.

Luego, los ajustes siempre vienen sin que los inviten y de la manera más cruel. Pedidos de auxilio y presión de los organismos internacionales, reclamos de los acreedores externos, altísimos niveles de inflación, recesión y tasas de interés que liquidan a los sectores productivos, en especial las Pyme, con la consecuente recesión y con desempleo.

El desaliento a la inversión impide el desarrollo de nuevas fuentes laborales, y el Estado debe salir con mayor ayuda social, que se financiará con más emisión, más impuestos, más inflación, hasta agotar un nuevo ciclo.

Un círculo vicioso que, pese a lo repetitivo, pernicioso y destructivo, ya forma parte del ADN nacional, que subyace bajo un esquema de corrupción sistémica y endémica que el periodismo independiente documenta a diario.

Un ADN al que no sólo el sector político contribuye a consolidar, sino también las organizaciones sindicales, una porción significativa de la dirigencia del empresariado vernáculo, la estructura universitaria pública con pertenencia política y un sector importante de la Iglesia Católica, que confunde su rol pastoral con la militancia partidaria.

De esta forma, aunque el votante tiene distintas opciones en las urnas, el ADN del país tiene asegurada su autoperpetuación con cualquiera de las alternativas a la vista y no se avizora en el horizonte que haya que dejar de llorar por Argentina.

 

 

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