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La jefa tiene quién le escriba

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La jefa tiene quién le escriba

Los cuadernos de Oscar Centeno no son el cuerpo del delito. No son, en sí mismos, la prueba de nada. No son del cadáver en un crimen ni las manchas hemáticas que identifican al asesino, no son los restos de líquidos seminales que dan certeza de quién violó. Tampoco son "el físico" de los bolsos de López.

Los diarios, hasta ahora íntimos, del chofer arrepentido, son la trazabilidad del "mecanismo", la hoja de ruta de los investigadores. El tutorial del que ya nadie podrá desentenderse.

Puede que efectivamente los haya quemado, arrojado al fondo del mar o disuelto en ácido, es a esta altura irrelevante. Ya fueron vistos, tocados, registrados y analizados. Ya está. Todo quedó debidamente documentado.

Si Centeno los escribió para extorsionar a sus mandantes, si lo hizo por miedo, si funcionó como un topo rentado, hizo contrainteligencia para Néstor o padece un toc-toc, es insustancial.

Tampoco importa demasiado saber por qué alguien los sacó a la luz, los entregó sin pedir nada a cambio al patrimonio de la conciencia colectiva. Si fue el sobresalto de un amigo al que le quemaban en las manos o el desesperado desahogo de una mujer herida, es intrascendente. Nada cambia. Ahora hay que hacerse cargo.

Los cuadernos dan curiosa materialidad al trasfondo del relato K. La "fábula" que vagaba de boca en boca, que fue alimentando por algo más de una década el imaginario colectivo, tenía quién la escriba. Un personaje agrisado, un actor secundario, de reparto, casi un extra, iba acopiando con parsimoniosa caligrafía el libreto de la corrupción.

Estos no van por el "Diego", ni anteponen el "15" como en los celulares. "Estos van por todo" se escuchaba por lo bajo tras las pesadas cortinas del poder, mientras avanzaba la "Cris-pasión" y se consolidaba el relato.

"Néstor no quiere hacer una diferencia, no quiere un bonus track, quiere sentarse en la mesa del poder económico. No le basta la renta, quiere quedarse con la empresa". Eso se escuchaba en el pasilleo del círculo rojo y un poco más abajo también.

Mario Vargas Llosa podría emprender otra novela: La tía Hilda y el escribidor. Un chofer obsesivo, atrapado por una irrefrenable compulsión que lo lleva a asentar con pelos y señales el día a día de un saqueo ejercido con premeditación y alevosía. Una caligrafía de almacenero que termina encriptando la parte más oscura del procedimiento mientras toma mate en la cocina de su casa.

Ha ocurrido una y mil veces en la historia de la criminalidad: un detalle, una fatalidad, un amor contrariado, un destiempo, un momento de miedo o descontrol precipitan el curso de los acontecimientos. El hilo suele cortarse por lo más delgado. Todos tenemos un lado frágil, vulnerable.

La sensación de vertiginosa impunidad que acelera el poder también hizo su parte. ¿A quién se le puede ocurrir mandar a comprar bolsos de a docenas en el Once y pasarlos por caja chica? ¿A quién pesar plata de a millones delante de los pobres? Lo llamativo no es que al remisero le haya dado por la literatura, lo verdaderamente curioso es que Roberto Baratta, el ex taxista devenido funcionario, no haya dispuesto de un solo gesto de pudor a la hora de ir y venir llevando plata robada en su afiebrado día a día.

Ahora estamos aquí, comiendo pochoclo mientras devoramos la serie del momento. Sería un hecho entretenido si no fuéramos parte de esta tragedia: un país devastado económicamente, expoliado por la avaricia y el descontrol, lastimado por la pobreza y el narcotráfico.

No sabemos aún cómo terminará esta historia. No sabemos si la Justicia querrá y podrá avanzar. No podemos asegurar que no haya más cuadernos escondidos o si alguno de ellos fue deliberadamente sustraído para proteger a quién sabe quién. Aun cuando buena parte de lo escrito ya ha sido chequeado y constatado, nadie puede saber si este escándalo devendrá o no en un merecido Lava Jato, un esperado Mani Pulite nac & pop.

A la perplejidad inicial le sigue un convencimiento: la verosimilitud. Todo cierra. Las piezas de este rompecabezas diabólico empiezan a encastrar. Es imperativo de la hora terminar de armar el puzle.

La administración K aportó su propia matriz al formato de la corrupción. Imprimió una celeridad exponencial al vaciamiento de las arcas públicas. En tiempos digitales y de creciente bancarización, regresó al culto por el cash, por la "tarasca" contante y sonante, al billete verde a granel y por kilo.

NK hizo del "canuto" su fetiche, su obsesión. De los fondos de Santa Cruz a los cuadernos de Centeno, pasando por los bolsos de López, todo remite a la plata escondida, enterrada, amarrocada, sustraída, robada en definitiva. Se empalagó con el físico.

"Tener poder es tener impunidad" recitaba el malogrado Alfredo Yabrán. Para tener impunidad hay que sostenerse en el poder. Y para sostenerse en el poder hay que disponer de efectivo. Hacer política demanda cash, flujo.

Por primera vez los empresarios son llamados a comparecer. En nombre del sacrosanto cuidado de sus compañías muchos de ellos se entregaron gozosos a los perversos juegos del funcionariato. Ahora, a yugarla.

Ansiosos por acopiar negocios y obra pública, se asociaron a la corrupción. En varias de las más grandes empresas nacionales se hizo a plena conciencia el prelavado de la más sucia de las platas: la que se nos roba a todos. Nadie puede alegar desconocimiento de la criminalidad del acto. Toda gente muy ABC1.

A un remisero le da por la literatura, una ex esposa presenta una denuncia, un amigo del "pentito" entrega los papeles y un periodista hace historia privilegiando el celoso resguardo de la verdad a la primicia, reivindicando como nunca antes este vapuleado pero imprescindible oficio. Su medio lo espera, protege y acompaña. No es poco.

Ahora es el tiempo de la Justicia.

¿Podrán jueces y fiscales hacer lo suyo en tiempo y forma?

¿Querrán hacerlo y pasar al bronce llegando hasta el final?

¿Terminarán presos los responsables?

Todo un país los está esperando.

 

Mientras tanto: quien quiera oír que oiga. (Infobae)

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