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Realidad política y fútbol en Argentina: el Mundial no cambia nada

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Realidad política y fútbol en Argentina: el Mundial no cambia nada

En medio de aumentos de precios, de la disparada del dólar, conflictos políticos y causas judiciales, ¿puede un campeonato de fútbol ayudar a cambiarle el humor a un país? Opinan cuatro especialistas: Sergio Berensztein, Andrés Malamud, Gustavo Córdoba y Santiago Doval.

Las cosas en Argentina suelen repetirse. O mejor: parecen no moverse. Cuatro años atrás, en la víspera del Mundial de Brasil, los problemas eran casi los mismos que ahora. Por ejemplo, el día del comienzo de la Copa del Mundo de 2014 se dio a conocer el índice de inflación del mes anterior (medida por el Congreso, porque el Indec…bueno, ya sabemos).

 ¿La cifra? 2,28 por ciento en mayo. “El índice más alto de la era K”, acusó la entonces diputada nacional Patricia Bullrich, hoy ministra de Seguridad del oficialismo. Pero, además, la producción industrial mostraba cifras alarmantes: caía 3,7 por ciento a nivel interanual y la Unión Industrial Argentina se definía “preocupada”.

¿Más? Alejandro Vandenbroele declaraba en la causa Ciccone, la UTA cerraba paritarias por el 28 por ciento y el Sindicato de Camioneros amenazaba con “asambleas sorpresivas” para lograr una suba salarial del 40 por ciento.

Aquel año, Argentina llegó a la final del Mundial y el país estuvo paralizado hasta que Alemania aguó la fiesta. El partido definitorio nos prometía la felicidad total, pero la euforia duró unos 100 minutos (recordemos que perdimos en tiempo extra). Después del “¡era por abajo, Palacio!”, todo volvió a los carriles de siempre. Y los problemas siguieron ahí, donde los habíamos dejado unas semanas antes.

A cuatro años de aquella competencia, los números y los hechos son similares. Los precios siguen subiendo, los conflictos se mantienen y las mismas causas judiciales no terminan de cerrarse. Y, como en esos días, la llegada del Mundial vuelve a prometer una bocanada de aire fresco ante tanto derrotero pesimista (eso sí, Rodrigo Palacio ya no está en la selección).

Pero, ¿es así? ¿Realmente un campeonato de fútbol, jugado por 32 selecciones, en el que se entrega  una copa de 36 centímetros y tres kilos de oro, puede ayudar a cambiarle el humor a un país? ¿Hay algún efecto balsámico que el deporte más importante del planeta pueda producir sobre la gente? ¿Puede tener alguna consecuencia real sobre la gestión de un presidente que viene a los tumbos?

 

¿Ojalá ganemos?

 

El analista político Sergio Berensztein duda de los efectos positivos, a nivel social, de un triunfo en la Copa Mundial de Rusia. “Primero: ojalá ganemos. Jugando mal, como sea”, bromea.

Pero, luego, marca un antecedente complicado para poner en contexto la trascendencia, o no, del fútbol: “Es cierto que algunos piensan que los éxitos deportivos traen mejor humor social. Hay bastantes trabajos sobre eso. Ahora, tenemos una experiencia en Argentina que no me gusta nada y es la de 1986. Ahí ganamos y al poco tiempo todo fue un desastre. Es cierto: aquella vez tuvimos mucha mala suerte y el presidente Raúl Alfonsín estaba débil. Por eso, yo diría que no es condición sine qua non que te vaya bien en el Mundial”.

Según la consultora de Berensztein, la expectativa es grande: siete de cada 10 argentinos creen que, al menos, el equipo llegará a cuartos de final.

Días atrás, el politólogo Andrés Malamud también advirtió sobre las consecuencias de ganar el Mundial. Consecuencias no positivas. “Al Gobierno le conviene que la gente invierta y consuma, pero la euforia podría generar un aumento en el nivel de las expectativas. Al Gobierno no le sirve que aumenten las expectativas si no las puede satisfacer. El resultado es, entonces, irrelevante en el mejor de los casos, y puede ser hasta contraproducente”, le dijo a La Nación.

 

¿Cómo? ¿Que sería lo negativo de levantar la Copa? “A la sociedad argentina le sirven la estabilidad y la previsibilidad. Ganar el Mundial generaría euforia, y la euforia podría ser inconsistente con esa estabilidad que necesitamos. Ganar el Mundial podría ser contrario al interés nacional”, detalló Malamud.

Le repreguntamos al politólogo sobre la cuestión: ¿sostiene su hipótesis?

“Para el sentido común, al Gobierno le conviene que Argentina gane el Mundial. Mi contrahipótesis es que podría perjudicarlo. Primero, por aumentar expectativas sociales en un contexto de restricción económica. Segundo, por favorecer la concentración de multitudes celebratorias que podrían marchar o manifestarse masivamente en su contra”, le respondió a Número Cero.

“Y, en Argentina, un gobierno débil alimenta la inestabilidad política, lo que es contrario al interés nacional”, reafirmó.

 

Cuestión de agenda

 

La llegada del Mundial modifica la agenda informativa. O, mejor dicho, la satura de partidos, resúmenes y entrevistas referidas al fútbol. Los medios de comunicación toman la Copa del Mundo buscando rating y, también, tratando de oxigenar una oferta marcada por las malas noticias.

Lo saben los editores de medios y también, los políticos. Así que, si el fútbol no cambia el humor, al menos puede hacer que la vorágine de la coyuntura se ponga en pausa. Y, si es así, el Gobierno nacional (que lucha por contener el precio del dólar y acomoda piezas para un ajuste fiscal que se llevará a cabo en los próximos meses) estará agradecido.

Hoy, las encuestas marcan una caída en la imagen el presidente Mauricio Macri. La crisis ha desgastado la percepción de la población sobre el Presidente. Por lo que, se supondría, el jefe del Estado debería estar rogando por un triunfo en el Mundial. Un éxito que lo saque del foco un par de días y le haga más llevadero el presente.

La consultora Taquion, junto con la Universidad Abierta Interamericana de Buenos Aires, le preguntó a la gente si la llegada del Mundial le generaba ansiedad. Y  la verdad es que la mayoría (62,4 por ciento) dijo “no”. A contramano de lo que podría suponerse, la Copa genera en los argentinos más “nada” (24,9 por ciento) que “felicidad” (21 por ciento) y que “nervios” (12,2).

“Que Argentina gane el Mundial no va a producir un cambio de humor social. Puede haber un exitismo pasajero, pero el nivel de dificultad que tiene el bolsillo de los argentinos hará que un triunfo no impacte sobre la imagen del Gobierno”, opinó Sergio Doval, de Taquion.

El consultor Gustavo Córdoba, experto en temas de opinión pública, coincide: aun con la Copa en manos de Lionel Messi (por cierto, “Leo” tiene una imagen positiva del 75 por ciento entre los argentinos), las encuestas seguirían diciendo lo mismo sobre el Gobierno.

 “Antes, había una idea de que el Mundial era una especie de anestesia social, que podría marcar un antes y un después para tomar decisiones políticas. Hoy, con el impacto de las redes sociales y el incremento del malhumor social, eso ya no es así”, opinó. “Por eso, y suponiendo que Argentina gane el Mundial, el efecto se va a agotar muy rápido”, agregó el consultor.

Para Córdoba, el Mundial es un “movilizador de emociones”, pero un gran resultado (otro dato de sus encuestas es que el 58 por ciento de los argentinos tiene confianza en que seremos campeones en Rusia) “no dará lo que la economía no les está dando a los argentinos”.

Sin efervescencia en la previa, lo que pase en la Copa del Mundo no parece entusiasmar más que a los hinchas y a esa gente que, cada cuatro años, se suma al fútbol para disfrutar de una gran comunión social. Lo dicho: para los dirigentes políticos, podría abrirse una pausa de unos pocos días, pero nada borrará la preocupación por el presente económico y social del país. Preocupación que parece una eterna agonía.

Es que la inflación, ahora sí hablando de 2018, sigue arriba del dos por ciento mensual, Camioneros pide un 27 por ciento de incremento en sus salarios y Vandenbroele todavía espera sentencia en la causa Ciccone. La sensación de inmovilidad es abrumadora. 

Ante este escenario, Macri la tuvo clara en una decisión: por algo prohibió a sus funcionarios viajar a Rusia para ver algún partido en vivo.

Porque una foto en las tierras de Putin mientras en Argentina llegan la boleta del gas y el resumen de la tarjeta de crédito sería demoledora para el, dañado, capital político del Gobierno nacional.

 

 

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