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El poder negativo de las corporaciones

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El poder negativo de las corporaciones

Por James Neilson

Cuando Luis Barrionuevo, con su sonrisa habitual, nos recordó que “Alfonsín y De la Rúa atacaron a los sindicatos y no terminaron su mandato”, advertía que la corporación de la que es un representante destacado ya ha derribado a dos presidentes y que en su opinión sería plenamente capaz de agregar otro a su colección de trofeos. También nos informaba el gastronómico más célebre del país que a su juicio los intereses de los jefes sindicales importan mucho más que el orden democrático y que por lo tanto estarían más que dispuestos a sacrificarlo si les resultara conveniente.

Por desgracia, los sindicalistas no son los únicos que rinden culto al egoísmo sectorial.

Se trata de una de las características más llamativas de la cultura política nacional, una que está detrás de la depauperación de un país que, de acuerdo común, posee todo lo necesario para erigirse en uno de los más prósperos del planeta, ya que no le faltan ni recursos naturales ni capital humano, pero que para perplejidad de los presuntos expertos en desarrollo económico ha sido reacio a prestar atención a su propia experiencia en la materia o la ajena.

La persistencia de una cultura corporativista muy fuerte que incide en la conducta no sólo de las elites sino también del resto de la población sigue ocasionando muchos perjuicios.

Una razón por la que es tan difícil construir partidos políticos que sean algo más que rejuntes coyunturales consiste precisamente en la propensión generalizada de “los dirigentes” a sentirse miembros de una especie de asociación de ayuda mutua que antepone sus propias prioridades a aquellas de la sociedad de la que depende.

La clase política en su conjunto suele operar como una corporación más, siempre le ha sido prioritario que sus integrantes disfruten de ingresos “dignos” y otros privilegios que los demás tendrán que financiar. Aún más exitosa en tal sentido ha sido “la familia judicial”, sus patriarcas nunca han vacilado en aprovechar la autonomía garantizada por la Constitución para que todos perciban más dinero, oponiéndose, entre otras cosas, a que los jueces paguen ganancias y asegurándose jubilaciones sumamente generosas.

En el mundo empresarial rigen las mismas normas, puesto que a los hombres de negocios locales no les gusta para nada competir como hacen sus equivalentes de otras latitudes, les parece natural cerrar filas para negociar con el gobierno de turno. Una consecuencia es que la Argentina es uno de los países más cerrados, y menos competitivos, de la Tierra.

Variantes de la cultura corporativista pueden encontrarse en todas partes pero, mientras que en los países desarrollados la necesidad de adaptarse una y otra vez a nuevas circunstancias ha motivado muchos cambios, aquí sus partidarios han logrado defenderla contra los decididos a desmantelarla.

Por ser cuestión de una forma de pensar y actuar que es intrínsecamente conservadora, no extraña que a partir de la Segunda Guerra Mundial el país haya retrocedido tanto no sólo en términos económicos sino también en lo social.

Los vinculados con las corporaciones más fuertes han conseguido lo bastante como para permitirles mantener un tren de vida que sería apropiado para un país más rico que la Argentina, pero al negarse a crecer mucho la economía lo han hecho a costa del bienestar de más de diez millones de personas.

En un esfuerzo por corregir las distorsiones así provocadas, grupos de pobres han formado sus propias corporaciones, entre ellas las de piqueteros, pero si bien los líderes de tales agrupaciones se han visto beneficiados por su capacidad para presionar al gobierno de turno para que les conceda más “planes”, los militantes de a pie han tenido que conformarse con mendrugos. Para más señas, muy pocos han recibido oportunidades de prepararse para los desafíos que les aguardarían en el caso de que un día optaran por probar suerte en el mundo del trabajo.

Lo mismo puede decirse del “movimiento obrero”. Algunos sindicalistas y sus familiares se las han arreglado para convertirse en multimillonarios, dueños de mansiones, aviones, yates, haras y así por el estilo, pero la mayoría abrumadora de los afiliados apenas logra mantenerse a flote.

Puede que a través de los años personajes como Barrionuevo, los Moyano y compañía hayan estado en condiciones de voltear gobiernos reacios a darles lo que piden, pero no han sabido mejorar la suerte del grueso de la clase trabajadora argentina que, a mediados del siglo pasado, era una de las más prósperas del mundo, pero que andando el tiempo se haría mucho más pobre que la italiana, española, surcoreana y, según parece, hasta la chilena y uruguaya.

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