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Género y mercado laboral

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Género y mercado laboral

En la Argentina, en promedio, el salario de las mujeres con estudios concluidos es un 27 por ciento menor que el de los varones. Pero la brecha salarial por cuestiones de género llega al 45 por ciento para las que no terminaron el secundario.

Las cifras fueron difundidas por el Centro de Desarrollo Económico de la Mujer, que depende del Ministerio de Producción de la Nación, en un evento realizado hace pocos días en la ciudad de Buenos Aires.

En esa reunión, según los datos presentados por la División de Género y Diversidad del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), si se cerrara esa brecha, el producto interno bruto del país podría incrementarse en un 16 por ciento.

Como es lógico, semejante crecimiento cambiaría de forma radical las condiciones de vida de gran parte de la población. Por supuesto, no se logrará en el corto plazo. Pero es un objetivo que Argentina se fijó para su futuro cercano.

La iniciativa de paridad de género es impulsada, a nivel internacional, por el Foro Económico Mundial y el BID. El Gobierno argentino adhirió al plan, y varias empresas del sector privado también se comprometieron en ese sentido.

En consecuencia, la delicada situación de la mujer en el mercado laboral debiera ser un punto clave a tener en cuenta en la reforma que el Poder Ejecutivo propuso a las entidades empresarias, a las provincias y a los sindicatos.

Por ejemplo, las organizaciones que cuentan con tantas mujeres como varones en sus estratos inferiores permiten observar que en los puestos altos y entre los mejores salarios casi no hay mujeres, lo cual es un dato revelador.

Esa no es la única discriminación. La mujer no sólo gana menos y tiene menos posibilidades que el varón de obtener un ascenso, sino que también sufre más el desempleo y la informalidad. Todo ello impacta en los beneficios sociales presentes y la jubilación futura.

Que la discriminación es arbitraria y basada en prejuicios quedó en evidencia en varios testeos. En una selección de personal, si a quien debe tomar la decisión se le presentan los currículums de los candidatos sin el nombre correspondiente, aumenta la posibilidad de que elija a una mujer. Por el contrario, si el evaluador tiene acceso al género, tiende a descartar a la mujer.

 

Es irracional, sin duda, pero así nos manejamos socialmente. Por ello es que se torna imprescindible marcar con claridad el sentido del cambio, y percibirlo hasta en sus más pequeños aspectos, para internalizarlo y poder sostenerlo en las prácticas cotidianas. En una sociedad inclusiva, nadie puede ser segregado por cuestiones de género.

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