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Obsesiones argentinas

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Obsesiones argentinas

Por los años 1950 un presidente argentino le preguntó al país si alguien había visto un dólar en su vida. Más de 60 años después, la Argentina se sacude cada vez que la moneda estadounidense se despereza en las pizarras y los analistas económicos se apresuran a formular vaticinios de tenor diverso, mientras los particulares se desvelan dilucidando si ha llegado el momento de comprar o vender.

Ha sucedido otra vez en los últimos días, por razones bien explicadas: cuestiones estacionales, como la menor afluencia de moneda norteamericana una vez terminado el habitual ciclo de liquidaciones por parte de los exportadores, mayor presión de los ahorristas que han cobrado sus aguinaldos y la incertidumbre que generan siempre los tiempos preelectorales.

Pero en el trasfondo cultural están años de golpes a la buena fe de los ciudadanos, devaluaciones ejecutadas literalmente a traición mientras se las negaba de modo enfático, la sistemática pérdida de valor adquisitivo de la propia moneda y frases infortunadas grabadas a fuego, tales como “el que apuesta al dólar pierde”.

El largo historial de desconfianza que los argentinos ostentan fundado en la inestabilidad de nuestra economía encuentra sus razones en ministros de Economía autoproclamados como demiurgos; planes de ajuste; ahorros confiscados; e incapacidad de los gobiernos de turno para generar confianza. En ese contexto, los gobiernos que no explicitan sus planes y maquillan sus costos, prometiendo metas difíciles de alcanzar, poco hacen por mejorar los índices de confianza.

Uno de los muchos datos que nos separan de otros países más previsibles es esa certeza que los ciudadanos suelen tener de que sus autoridades harán en cada caso el mejor de los esfuerzos. Eso no nos sucede, como puede verificarse en bancos, cuevas y casas de cambio.

Hay que ser claros: no estamos en absoluto al borde del abismo, ni siquiera en una crisis, como las que tantas veces padecimos quienes nacimos y crecimos en esta tierra. Lo ha definido bien el presidente Mauricio Macri al señalar que el problema es la inflación. Nada más cierto. Pero la economía no se reduce a una cuestión de índices y cifras sino también de percepciones.

En ese sentido, nada sería tan perjudicial como la sospecha de que lo que se está haciendo desde el Gobierno en la materia no es lo más efectivo para enfrentar el problema. La pulseada entre la ansiedad de quienes padecen la inflación –los trabajadores de más bajos ingresos– y la paciencia que exige el gradualismo aún no presenta un ganador definido.

En suma, ya sabemos cuál es nuestro problema. Y estando, como estamos, anoticiados, deberíamos ocuparnos de él para que no siga ocupándose de nosotros.

 

 

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