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Falta un programa económico consensuado

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Falta un programa económico consensuado

La inflación dejó de ser entre nosotros un hecho económico para tornarse una práctica cultural. En marzo, los precios de Córdoba subieron un punto más que la inflación del Indec.

Una inflación que acumula el 6,3 por ciento en el primer trimestre no configura el mejor de los cuadros para un gobierno necesitado de fortalecerse en las próximas elecciones legislativas.

Y es la peor de las noticias para una sociedad que viene padeciendo esa suerte de impuesto fantasmal que es el ajuste a través de la constante depreciación de la moneda.

Las consecuencias están a la vista: el núcleo duro de la pobreza no cede, mientras los autores de las medidas que la promueven y ensanchan buscan culpables lo más lejos posible de sus respectivas gestiones.

La inflación dejó de ser entre nosotros un hecho económico para tornarse una práctica cultural.

Cada uno en su medida, desde el más humilde ciudadano hasta las poderosas corporaciones formadoras de precios, aporta lo suyo; unos para cubrirse las espaldas y otros para maximizar ganancias no siempre razonables.

En el medio, un Estado que no logra rediseñarse y maquilla sus propias culpas recaudando más al solo efecto de cubrir los agujeros que fabrica a diario.

Los economistas hacen en esta materia un aporte invaluable, aferrados a las recetas que propugnan, en una guerra de capillas que se resuelve en los medios, olvidando que no se discuten teorías literarias sino la mismísima vida de la gente.

Nadie parece tener la necesaria vocación de grandeza como para comprender que ya no se trata de teoría sino de práctica y que los iluminados de las últimas décadas fracasaron. Y nosotros con ellos.

El tema es tan complejo que resulta imposible abordarlo desde la simple ortodoxia. Sin embargo, salta a la vista que se requiere un programa, para que la reactivación no presione sobre los precios, para que el dólar barato no nos haga caros en dólares, para que las tasas de interés no atenten contra el ciclo productivo, para que las provincias, mendigas de la Nación, dejen de gastar sin orden ni concierto, para que los monopolios dejen de encarecer insumos vitales, para que la Nación deje de generar déficits que financia con créditos externos que deberemos pagar con más pobreza, y para que acabemos con el ciclo perverso de las devaluaciones periódicas.

Se desperdició un tiempo vital a la espera de que dicho programa sea presentado y puesto a consideración y discusión con todos los sectores, ya que de eso se trataba: de acordar sobre un tema que nos afecta a la totalidad de los argentinos.

La pregunta que se impone es si en un año electoral habremos de plantearnos la necesidad de acordar sobre un programa que represente un compromiso general o si, como sucede con ciertos enfermos, seguiremos sin hacernos cargo de nuestra afección.

 

 

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