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Un problema sudamericano

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Un problema sudamericano

No resulta fácil abordar la crisis venezolana, un espacio en el que unos cuantos dicen tener razón y muchos lucen decididamente equivocados. Pero el duro rostro de la realidad está allí.

Lo cierto es que el país caribeño se ha convertido en un serio problema regional y que algunos vecinos participaron en este largo viaje cuesta abajo, aun cuando ninguno quiera asumirlo. Unos por acción; otros por omisión. La Organización de Estados Americanos (OEA) o la Unasur. Y hasta el mismísimo Mercosur.

Empeñados unos en resistir fugando hacia adelante y reforzando el giro hacia un gobierno autoritario y los otros en mostrar su desorganización, parecen ignorar la feroz pauperización de un país que fue emblema de estabilidad democrática y una suerte de faro al que acudían quienes debían migrar desde las diversas dictaduras regionales.

Hasta que llegó Hugo Chávez, un personaje surgido del imaginario de otros tiempos, cuando el autócrata latinoamericano protagonizaba una corriente literaria.

Lo que nadie pareció entender entonces fue que el chavismo y su retórica reivindicativa eran una emergente de los errores cometidos por una clase dirigente que, a caballo de la bonanza petrolera, había construido una sociedad de fuertes contrastes. Y la variopinta oposición actual todavía parece ignorarlo.

En un país dependiente de su sector primario, la búsqueda de poder total por parte de Chávez y sus sucesores ha hipotecado a la nación y convertido a muchos de sus habitantes en mendigos de un Estado que ya no puede financiarse, aunque nade sobre un mar de petróleo.

Y en la vereda de enfrente, quienes enfrentan al régimen no logran resolver sus contradicciones propias, agobiados por la falta de una dirección única y un programa claro.

En ese cuadro, nadie debería subestimar a Nicolás Maduro, un presidente devorado por su propio personaje, quien ha manifestado una singular astucia, como la de llevar a la oposición a la mesa de negociaciones y hacerla luego desistir, desairando a la más antigua diplomacia del mundo, la vaticana.

La Argentina de los Kirchner, el Ecuador de Correa, así como Bolivia, Cuba y Nicaragua, contribuyeron no poco para que las cosas llegaran a este punto, del mismo modo que lo hizo el Mercosur, un organismo creado a la medida de Chávez como la Unasur, y la inoperancia insistente de la OEA. El desastre ya está servido y es de una magnitud indisimulable.

 

La solución sólo puede provenir ahora de los países de la región, que deben encontrar una salida dentro del marco institucional. Y convencer a quienes juegan entre bambalinas, como Irán y Rusia, de que este problema es de nuestra exclusiva competencia.

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