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Repetir los errores es fatal

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Repetir los errores es fatal

Los análisis y testimonios que sucedieron a la tragedia en la ciudad de Olavarría durante el recital del Indio Solari, el pasado sábado, coinciden en que la organización del espectáculo fue deficiente.

La principal objeción apunta a que el concierto se desarrolló ante 250 mil personas (estimaciones con imágenes aéreas permiten elevar esa cifra a 300 mil, 400 mil y más) en un predio habilitado para no más de 155 mil espectadores.

Pero, si se trata de medir presencia humana, habría que colocar como agravante que Olavarría fue desbordada, al punto que la multitud llegó a duplicar la cantidad de habitantes de esa ciudad.

¿Puede haber lugar para las excusas, ante la trágica evidencia, y tratar de escabullirse de las responsabilidades que les competen al municipio, a la productora y al propio artista en cuestión?

Y asoma otro interrogante que excede a lo ocurrido en Olavarría, donde hubo dos muertos y decenas de heridos: frente a una concentración como era de esperar, ¿se tomó en cuenta la módica capacidad en materia de atención hospitalaria, de emergencia y policial de esa ciudad ante un desastre que pudo haber sido mayor?

Pero el afán recaudatorio se empeña en violar las normas establecidas y muchos de los que mueven el negocio de los espectáculos (productoras y autoridades de control) parecen empecinados en tropezar con la misma piedra.

¿Cómo es posible que otras catástrofes que quedaron clavadas en la memoria colectiva no hayan servido de experiencia para evitar nuevos desvaríos y muertes?

¿Qué enseñanzas nos dejó aquel 30 de diciembre de 2004, cuando un fuego de bengala terminó en el incendio sin control del boliche República de Cromañón, en el barrio porteño de Once?

Esa noche de terror la multitud también duplicaba la capacidad física del local y el saldo fue estremecedor: 194 muertos y al menos 1.400 heridos.

No es la primera vez que un show de Solari termina en disturbios provocados por el descontrol generalizado y la conducta de jóvenes que llegan embriagados por el “culto ricotero” y, en muchos casos, por otros estímulos dañinos para el organismo.

No se trata de establecer prohibiciones anacrónicas a festivales y conciertos de diversa naturaleza (aunque en el caso de Solari tendrá que revisar si su continuidad en los escenarios resulta perjudicial, a la luz de los antecedentes aciagos de sus actuaciones). Pero es impostergable para las autoridades políticas tomar medidas y mensurar los riesgos que implican las aglomeraciones en sitios que no son aptos para garantizar la integridad de las personas.

 

En resumen, lo de Olavarría es otro paso en falso que no debe repetirse.

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