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“La quinta a fondo” de un viaje al Norte

Oregón, Coquille, el mar…

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Hay que alimentar caballos por eso se les prepara temprano la vianda de la noche Hay que alimentar caballos por eso se les prepara temprano la vianda de la noche

We left Crater Lake and started the last part of our trip to Carol’s home. Dicho en argentino, dejamos el Lago del Cráter y comenzamos con la última parte del viaje hacia la casa de Carol, una de mis sobrinas, la mayor de las que residen en Estados Unidos. Con la tristeza de ir bajando de la montaña y la nieve y no hubo más magia. Magia para nosotros que la vemos cada muy de tanto en tanto, aunque aquellos que viven en zonas donde la nieve es habitual, más que magia es un “pain in the neck”. Traducido libremente algo muy rompe pelotas.

En fin, la cuestión es que bajamos de la montaña, volvimos a caminos centrales, almorzamos en un resto y con la pancita llena continuamos al Norte, de nuevo por la autopista 5 hasta que hubo que girar hacia el Pacífico y andar un trecho hasta que al fin llegamos a destino.

Allí no sé por qué razón me demoré unos instantes en bajarme del auto, mientras todos se saludaban, de modo que fui el último en salir del auto. No terminé de poner pie en tierra quedé frente a mi sobrina y nos abrazamos, sin poder aflojar ese gesto de cariño por lo que me pareció una eternidad. El llanto de ambos selló más ese abrazo, mientras el esposo y el resto de la comitiva comenzaban a bajar cosas del auto. Al fin pudimos separarnos un poco y comenzar a poner nuestras emociones a resguardo.

Si bien con Carol siempre tuvimos esa relación especial de tío – sobrina, sinceramente no esperaba que nos emocionásemos tanto, total sólo habían pasado 20 años de la última vez que nos habíamos visto. “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos…”.

Superado este momento fue tiempo de hablar, tiempos de cambiar figuritas y relatar algunas de las cosas que habían sucedido en este lapso, tan largo, si se lo mide en tiempos humanos, pero tan insignificante si lo comparamos con lo que veníamos hablando de la data del cráter lake o los lava beds.

Claro que las relaciones humanas tienen eso de la intensidad, pero al sabernos finitos, y por qué el tiempo que nos dedicamos cuando estamos lejos se limita a unas pocas líneas por Facebook o tal vez por referencia de otros.

La cuestión es que una vez ubicados en nuestros lugares, salimos a ver los animales y el resto de la propiedad, la que aún no tiene nombre. Por lo que le sugerí “New Ombú” o algo así, en homenaje al punto perdido en el mapa de la provincia de Buenos Aires que nos vio dar nuestros primeros pasos por la vida, hacer los primeros palotes en le Escuela 22 y tantas otras cuestiones que hoy nos llenan de recuerdos que nos hacen sonreír y llorar al mismo tiempo, cuando llega la hora de ponerse nostálgicos.

Pero dejemos las cosas del pasado en el lugar que tienen que estar y lo primero que fuimos a ver son los caballos, en rigor yeguas, o “caballo mujer”, según una definición que se escucha por allí. Son tres animales de mediano porte, de los denominados “Mustang” que son caballos salvajes, que para su salvaguarda el gobierno estadounidense administra y mantiene las manadas estables de modo que no sufran su propia destrucción, ni invadan territorios de otras especies de irracionales, ni perjudiquen asentamientos humanos y no alteren el delicado equilibrio ecológico de los lugares que habitan.

Estos animales están marcados, con códigos que indican de que reserva son y otros datos. El gobierno los entrega en guarda por un año lapso en el cual realiza periódicas inspecciones para ver que los caballos sean bien tratados y atendidos, concluido este tiempo si quienes los tienen son aprobados, se convierten en propietarios de los animales.

Las yegüitas no son mansas de andar aún, pero si están trabajadas de abajo por Carol, y ha logrado mansedumbre, obediencia y el reconocimiento de los animales, que se acercan cuando se los llama, ya que saben que, si no les dan una golosina, al menos reciben mimos. Pero es así con todos los animales, ella llama a uno y aparecen todos, se confunden balidos, cacareos y relinchos, todos reclaman atención.

Las ovejas se amontonan junto a su comedero, las gallinas otro tanto. Pero todo lleva paciencia trabajo y cariño. Por las noches los caballos son colocados en caballerizas individuales, donde les espera una cama limpia y una ración de pasto. Esto es así porque ni bien suelta los animales en un potrero por la mañana, se encarga de rastrillar la bosta, limpiar todo y agrega arena a la cama de ser necesario.

Las gallinas requieren atención también, especialmente encierres nocturnos ya que los simpáticos mapaches se encargan de almorzar gallinas si es que no están en un lugar seguro. Además de darles de comer, juntar los huevos etcétera.

Además, allí, hay caballitos Falabella, que son esos muy pequeños. Coco el más chico de todos además de tener poca alzada, es enano. Tiene todas las características de enanismo. Manos chuecas, cabeza grande y menos alzada que sus compañeros. Se puede decir que más que una granja es una reserva, porque dudo que alguno de esos animales sea parte del menú o de un asado.

También fue tiempo de paseos, fuimos a Coquille que está a pocos minutos, caminamos por su calle principal, admiramos unos gigantescos murales que decoran dos edificios. También entramos en algún comercio. Es decir, nada que no haría cualquier turista.

Por la tarde fuimos a Brandon otro pueblo cercano, pero este a la orilla del mar y en la desembocadura del Río Coquille. Vagamos por la playa. Nada de meterse, hacía frío. Las gaviotas abundan, y tal como ocurre en los lugares donde no se los persigue, son confianzudas, vienen a pedir comida y hay que tener cuidado de sus picos, ya que a pesar de ello pueden provocar dolorosas heridas en su afán de comer.

Una de las cosas que abundan en la zona son los black berry, ya se algunos piensan en teléfonos, pero no, son arándanos. Es un arbusto originario de Escocia muy invasivo y es necesario mantenerlos a raya y los lugareños los desprecian. Pensar que aquí un kilito de esas frutitas cuesta más que una docena de “huevos…”.

Llegó el tiempo de regresar a casa, una forma de decir, porque la casa no es mía, pero bueno de alguna forma hay que decirlo. Ese regreso fue también en dos etapas, de modo que salimos luego del mediodía, con destino a Mount Shasta, donde haríamos noche.

Antes de ir al Hotel dimos algunas vueltas, cenamos y al otro día retomamos viaje. Esta vez había una sola parada prevista, a pocos metros de la 5, para ver una de las vertientes del Río Sacramento. Parece increíble pero allí no es más que un arroyo que recibe agua que sale de la montaña. Había una persona recogiendo agua que comentó que es de extrema pureza. Dijo que desde que se almacena en la cima de la montaña hasta que sale por el manantial, tarda 50 años. Todo un dato.

Tanto en el camino de ida como de vuelta pasamos por Redding, una ciudad que estuvo en boca de todos el año pasado, por los incendios de bosques que se desataron a finales del verano. Impresiona ver grandes extensiones de terreno boscosas, con cientos de árboles, de los cuales sólo queda un renegrido tronco. También tuvimos oportunidad de sentir lo que es un incendio de bosque una semana después de esta excursión. Terma para otra entrada.

 

Después de nuevo a la cinco, con una parada almorzar y luego las estribaciones de Richmond, en el área de la Bahía para descansar de nuevo en casa. ¡Bueno la casa de nuestros anfitriones!  

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