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Un viaje al Norte

Chapter two (Capítulo dos). Todo cerrado pero el alma llena

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Los terneros en “las casas”, quien dijo que están mal Los terneros en “las casas”, quien dijo que están mal

Habíamos quedado en Chapter one, o capítulo uno que es lo mismo, que un familiar nos llevó desde el Aeropuerto de Oakland, mucho mas pequeño que el de Dallas, hasta la casa de mi de quienes me alojarían en mi estadía en Estados Unidos desde. Ellos también de viaje, pero dentro de ese país no estaban en casa y nos habían dejado las instrucciones de que hacer, cuando llegásemos unas horas antes de que ellos regresen.

Las instrucciones eran claras, pero…, el microondas muy distinto al que manejamos aquí, aunque después de hacer prueba y error, el pastel de carne que nos estaba esperando, para nuestro primer almuerzo, algo se calentó. Lo demás no nos atrevíamos a tocar la cocina eléctrica, la cafetera exprés vaya a saber como era, la pava eléctrica, entre tanto artefacto, no la vimos, aunque estaba casi por saltarnos encima.

Comimos, y bueno después de mas de 24 horas en movimiento, se imponía una siesta, tras una ducha previa. Subimos al cuarto, donde antes habíamos dejado nuestras “pequeñas” valijitas, del tamaño de un carrito de supermercado, o sea muy grandes muy pesadas y muy llenas de ropa.

Mientras mi señora acomodaba las cosas, tomé una toalla y fui al baño con la idea de una ducha. Me metí en la bañera, el grifo para el agua es mono comando así que giré la perilla a la izquierda, para que salga agua caliente y… nada, habrá que girar a la derecha, nada… empujé suavemente hacia arriba, hacia abajo, en diagonal, nuevamente a izquierda y derecha la regadera de la ducha se cagaba de risa, yo puteaba mi estupidez. ¡Ma si toy demasiado cansado como para pensar me voy a dormir!

¿Cómo, no hay ducha? Preguntó mi consorte. ¿Cómo vamos a meternos a la cama así? Preguntas que me esperaba, pero no le di bola y me metí a la cama, mientras ella sacaba la ropa para ponerla en un placar, cerré los ojos, ¡No podemos dormir así!! Pero fíjate por favor. Yo ante la “amable” insistencia me mandé de nuevo al baño con las esferas llenas por el reclamo.

Repetir pruebas, izquierda derecha, abajo arriba y el agua, que no aparecía, hasta que al fin hice lo que había intentado de manera suave en las veces anteriores, pero con un poco más de fuerza, tirar hacia afuera…  El chorro de agua fría, que nada le tiene que envidiar a las cataratas del Iguazú me avisó que había acertado. Mandé la mierda de perilla de nuevo para adentro, volví a los pensamientos lógicos, giré la perilla a la izquierda la volví a abrir, regulé la temperatura para que el proceso fuese agradable y bien la vida comenzó a tener otro color y otro olor también.

Limpito, volví al dormitorio y expliqué a mi consorte cual era el secreto que recién había desvelado y después de un rato el sueño vino y al fin un descanso cómodo, en una cama inmensa con una vista de la Bahía de San Francisco espectacular, pero bueno dormir se duerme y los paisajes quedan pa después.

Al cabo de unas dos horas, dimos por terminada la siesta, justo en el momento en que empezaban a llegar sobrinas, sobrinas nietas para saludarnos, y más tarde los dueños de casa. Después de los saludos y los abrazos de rigor con ellos, ¿dónde quieren ir? A la cama contestamos a coro.

Cuestión es que, desorientados por la hora, allá en ese momento el mediodía llegaba 4 horas después que el nuestro, de modo que nuestro reloj biológico no estaba muy de acuerdo con lo que proponía el giro de la tierra en la costa Oeste. A las seis de la mañana de allá, las diez de acá estábamos haciendo girar los pulgares, cuestión de no hacer ruido y despertar a los dueños de casa.

 

Mas adelante

 

Si bien el relato sigue un orden mas a o menos cronológico no le doy ni tiempos ni espacios determinados, después de haber llegado y haber descansado, comenzamos con el mini turismo, dentro de nuestro macro turismo.

Había muchas propuestas como para hacer, ver y conocer lugares, para lo cual mi hermana y y mi hermano político estaban dispuestos a llevarnos. Lo primero fue Point Reyes, un lugar al Norte de San Francisco, en el cual una península se escapa del continente para meter su lengua en el Pacífico, donde hay un faro y en el lugar poder apreciar la inmensidad el Océano desde un promontorio.

Pero parece que alguien les avisó que íbamos y cuando llegamos al camino que nos conduciría hasta el punto, había una tranquera cerrada, con carteles que anunciaban que no se podía ingresar, de modo que volvimos hacia atrás, bajamos a una playa, en la cual el marino inglés Drake había desembarcado en el siglo XVI mientras perseguía navíos españoles e intentaba al mismo tiempo volver a su país.

En el trayecto, hacia el point Reyes el camino pasa delante de dos gigantescos tambos. Las pasturas se veían llenas de vacas Holando (Holstein para ellos) y en cercanías de “las casas”, cientos de pequeños refugios para los terneros que como se sabe son destetados apenas terminan de tomar calostro para ser alimentados artificialmente. Bajamos cámara en mano y al vernos los animales comenzaron con sus plañideros mugidos de bebes pidiendo comida. Bueno che quédense tranquilos nosotros somos turistas. ¡joder ¡así dicen en España. ¿No?

Cuestión que con la frustración de no haber podido llegar a destino, aunque no por ello menos enriquecidos por lo que vimos y disfrutamos, retornamos al continente en la búsqueda de un lugar en donde nos dieran de comer.

Era un lunes así que mucho no había abierto, pero encontramos uno. Ni bien nos sentamos a diferencia de lo que ocurre en estas tierras, donde lo primero que te ponen en la mesa es el pan, la camarera que nos atendería, portaba con una jarra de agua con hielo cuatro vasos, luego de llenarlos, nos trajo el menú y al igual que acá nos preguntó que queríamos tomar, además del agua.

Las porciones que nos trajeron eran inmensas, además de que la comida estaba muy muy rica. Lo delicioso de la comida, el tamaño de las porciones, el agua helada y la casi completa carencia del pan en la mesa es una característica común a todos los lugares donde fuimos a comer. Los precios son muy variables, dependen del tipo de lugar, al que uno va. Pero en ese caso pagamos entre los cuatro unos 100 dólares, si lo multiplicamos por 37 y lo dividimos por cuatro, tenemos, traducido al castellano, casi una milanga por persona.

Se puede comer más barato, porque al ser tan grandes las porciones, aprendimos que pidiendo una para dos, el precio se reduce a la mitad, comes lo suficiente, cuando esto ocurre, tal como sucede aquí, te traen un segundo plato para que puedas dividir.

Unos días mas tarde, fuimos a un muelle, que desde la costa se adentra unos 500 metros en las aguas de la Bahía de San Francisco, pero a que no saben que: “estaba cerrado”. Mierda cuanta información que tienen que nos cierran todo cuando lo queremos visitar. Pero bue hay que ser justos, el cartel explicaba que estaba cerrado por peligro de derrumbe. No obstante, estuvimos varias horas recorriendo el lugar¡, viendo centenares de embarcaciones de diversos tamaños y características. Un párrafo para el estado del tiempo. Dependiendo de lugar donde nos ubicásemos, o teníamos frío, o los abrigos se hacían insoportables.

Bien cierro chapter two. La próxima salida fue a un lugar en el cual tocamos la historia, literalmente es esto, tocamos la historia con nuestras manos. Ya vendrá la tercera parte.

 

 

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