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Primera parte

Un viaje al Norte

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Aviones que estrechan sus comodidades Aviones que estrechan sus comodidades

Es muy difícil transmitir en palabras, emociones, sensaciones. Las cosas que llegan al corazón son intangibles e indescriptibles. Sin embargo, a la hora de transmitir, como este caso, lo vivido en un viaje en el que sobraron sensaciones y emociones, se puede llegar a alguna lejana aproximación.

Entonces cabe ir de lo más sentido, a lo más prosaico o ir de un lado a otro, según se vayan recordando sucesos. Subir a un avión y viajar para mí no es algo especialmente placentero, primero porque los lugares asignados para los que nos sentamos en la clase de menor precio no son los más cómodos, más bien son una prueba de lo que uno puede aguantar en un espacio mucho menor al que le deben haber asignado a Mandela en sus largos años de cárcel en Sudáfrica, con la ventaja que el tiempo de vuelo se mide en horas y no en años. Así y todo, déjenme decir que el viaje de ida fue más que incómodo.

 

Estrechados

 

Nos tocaron los asientos del medio, de la fila central, de modo que a mi derecha había un pasajero, a mi izquierda mi señora y a su lado otro pasajero. El que estaba a mi derecha era un tipo enorme, que debe haber sufrido la estrechez mucho más que yo. Se me ocurrieron algunos pensamientos interesantes en ese período de encierro aéreo.

American, la compañía que nos transportó, hace algún tiempo promocionaba haber sacado asientos de sus aviones para mayor comodidad de sus pasajeros. Se me dio por pensar, que deben haberlos sacado de aviones viejos, para ponerlos en los más modernos, lástima que se olvidaron de su alarde. Tan estrecho es el espacio que te dan, que para suspirar que pedirle al de al lado que se pare, para darle espacio al aire para que entre en los pulmones.

Bueno cuestión que luego de 10 horas de estrecheces llegamos a Dallas, primera escala. Se terminaron las estrecheces. Allí todo es inmenso. Caminamos varias cuadras hasta llegar a migraciones, completamos todos los trámites, por medios electrónicos, hasta llegar a un mostrador donde hay un tipo, con cara de pocos amigos, aunque con la amabilidad justa para preguntar a que carajo veníamos a Estados Unidos, donde mierda íbamos a estar y cuando pensábamos volvernos a nuestro país. Cuando las respuestas lo convencieron de que no éramos peligrosos, agarró un sello de goma de esos que se auto entintan y pum, pum. “Adelante, disfruten de su estadía”.

 

En Dallas

 

Después a la cinta a esperar por nuestras valijas, y pasar por la aduana, otro tanto de caminata y al fin completamos las formalidades, nos miraron pasar, pero no preguntaron nada, mientras yo rogaba que no nos revisaran las valijas donde llevábamos semillas de zapallitos de tronco y cuatro cajas de pastillas DRF la debilidad de mi cuñado y sin cuya portación no hay alojamiento.

Encontramos al fin un puesto de American y despachamos de nuevo las maletas para que lleguen en el segundo avión, que nos depositaría en Oakland en el área de la Bahía de San Francisco, nuestro destino final.

Ahora a buscar la terminal donde saldría nuestro próximo avión, pensábamos que se terminaban los trámites, pero no, para subir de nuevo, hay que pasar la seguridad. Pusimos el equipaje de mano en el escáner, a mi me saltó que debía pasar por un body scan, por un sistema aleatorio que encendió una luz roja, me tuve que sacar el cinturón, y todo lo que llevaba en el bolsillo, de modo que sosteniendo mis pantalones entré el recinto, y me instruyeron que debía elevar los brazos, con el peligro de que se baje el pantalón. Abrí un poco las piernas y la puta prenda no se cayó, como no tenía nada ni adentro ni afuera seguimos nuestro tour por el gigantesco aeropuerto.

 

La búsqueda

 

Donde joraca está la terminal a la que tenemos que ir, preguntamos, nos dijeron que subamos a un tren que nos llevaría a la terminal correspondiente. Al fin luego de varias vueltas encontramos la estación y apareció un tren conducido por una computadora, se cerró la puerta tras nuestro, una voz nos dijo que nos agarremos y partimos, después de varias estaciones y maso diez minutos de viaje por dentro del bruto aeropuerto, llegamos a la terminal correcta, pero para llegar a la dársena todavía debimos caminar unos 8 minutos más ayudados por un negro que gentilmente nos acompañó hasta el lugar exacto.

Le dijimos muchas gracias usted ha sido muy amable, pero por carencia de billetes de dólar de pequeña denominación el muchacho se quedó sin propina. Pero bueno lo menciono aquí, espero que lo lea así se entera que estamos muy agradecidos y que si no le dimos propina fue porque no teníamos cambio.

Un café, nos recompuso un poco, nos sentamos en unos sillones cómodos a reflexionar, mientras esperábamos que pasen las tres horas que faltaban para que salga nuestro vuelo. Yo mientras tanto agarré mi celular lo encendí y quería mandar los mensajes whats app a nuestras hijas para decirles que el avión había llegado con nosotros dentro de él y con salud.

Después de putear en voz baja un rato logré hacer que tenga algo de vida, llamé a una operadora para que me ilustre sobre el puto roaming, después de darme instrucciones durante lo que pareció una eternidad, el whats app seguía inmune a mis esfuerzos para que ande.

Metí el aparato en el bolsillo después de mirarlo con bronca, y esperamos. Cada vez que había un movimiento en el lugar en que debíamos embarcar, cachaba los petates de mano y preguntaba si nos tocaba entrar. Pero bueno, en el horario que estaba anunciado llegó el aparato de mierda. Primero bajaron los que venían a Dallas, después por grupos nos fueron llamando, hasta que al fin entramos, el asiento estaba unos dos metros antes del timón de cola, pero era más cómodo que el anterior, de modo que las tres horas que nos separaban de Oakland se hicieron más llevaderas. Pudimos ver el Gran Cañón, allá abajo muy lejos pero su silueta es inconfundible.

 

El teléfono cobra vida

 

Volvamos atrás. Mientras subíamos al avión, al pasar por la manga, mi teléfono de pronto cobró vida y empezó a hacer todos los ruidos de mails recibidos, mensaje de texto, facturas impagas, y las respuestas de los mensajes que le había mandado a mis hijas. Me di cuenta de que dentro del edificio no había señal de nada, joder y yo luchando con un teléfono tratando de entender a una operadora, a la que no le entendía su castellano caribeño.

Como dije antes el vuelo salió bueno, mejor que el anterior, que dicho sea de paso cuando sobrevolábamos el Caribe y el Golfo de México se movió como si esquivase misiles. De todas formas, a mí no me preocupó demasiado, fue el único momento en que pude dormir, como si el avión me estuviese acunando.

Pero vayamos para adelante, el cielo de Dallas estaba más que encapotado, así que cuando el avión, un Airbus 320 casi enseguida se metió en las nubes y tras muy pocos minutos encontró el sol que brillaba por encima. Nos desayunaron menos que nada, pero nos dieron algo como para que no nos quejemos.

 

¿Dónde están las valijas?

 

Después de desear que el vuelo se termine de una vez, al fin el piloto desaceleró los motores y comenzamos el descenso para tocar la pista de Oakland. Bajamos, entramos al aeropuerto y a buscar el bag claim. Siguiendo una cantidad de carteles que indicaban que el lugar estaba más adelante y no llegábamos nunca, Olga protestaba que era muy lejos y los carteles que con su flechita nos hacían seguir adelante. Llegamos al fin y las valijas no aparecían y no aparecían. Después de media hora de estar casi desolados, se me ocurrió preguntar porque nuestras valijas no estaban a alguien que estaba allí.

¿En qué compañía vinieron?

American

Ah no. Este lugar es de South West. El lugar de ustedes está cerca, vengan.

Le seguimos nos sacó del edificio nos dijo, sigan hasta ese puente allí es. Llegamos y estaban en la cinta sólo nuestras valijas aburridas de esperarnos. Cuando ya me empezaba a preocupar no estuviese allí para buscarnos, apareció una señora con un cartel que decía Felix y casi al instante corriendo con alegría, el familiar que nos esperaba

Cuestión es que los cuatro nos subimos a su auto, con valijas y con el alivio de que llegaríamos al fin a nuestro destino en casa en casa de familiares.

 

 

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