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Una riesgosa ambivalencia

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Una riesgosa ambivalencia

El discurso presidencial decidió referirse a la situación económica como una “tormenta” que no provocará una crisis como las que vivimos en el pasado.

El presidente Mauricio Macri convocó a una nueva conferencia de prensa. Fue la segunda en los últimos dos meses. La anterior fue en plena corrida cambiaria, después de solicitar la asistencia del Fondo Monetario Internacional. La de esta semana pareció determinada por la necesidad que tiene de transmitir seguridad, ya que las encuestas estarían demostrando que el discurso de sectores de la oposición –pesimista, cuando no apocalíptico– ha calado hondo.

El discurso presidencial decidió referirse a la situación económica como una “tormenta” que no provocará una crisis como las que vivimos en el pasado. “Sigo creyendo en el futuro que tenemos y estoy convencido de que estamos haciendo el esfuerzo correcto”, afirmó.

En su reciente alocución por el Día de la Independencia, ya había hecho uso de la metáfora: “Estamos pasando una tormenta fruto de muchas circunstancias”, sostuvo.

En la conferencia de mayo, el Presidente había manifestado que llamaría a todos los sectores políticos y sociales a sentarse “alrededor de una mesa y hacer un gran acuerdo para equilibrar algo que la Argentina no logra hacer desde hace más de 70 años”; esto es, el equilibrio fiscal.

En las nueve semanas que transcurrieron desde entonces, la Casa Rosada apenas organizó algunas reuniones sectoriales con la vista puesta en el presupuesto 2019, para que un número importante de los gobernadores opositores y sus legisladores apoyen el proyecto oficial.

Si en Tucumán Macri se limitó a proponerles a gobernadores, empresarios y sindicalistas que aportaran soluciones, bajo el argumento de que “no es el momento de oportunismos y demagogias, de ser egoístas”, sino “de trabajar juntos, hombro con hombro”, ahora apenas si mencionó la necesidad de un “nivel de responsabilidad inédito” en la dirigencia. De una declaración a la otra, el objetivo se ha achicado y se ha tornado bastante indefinido. No es la primera vez que el Presidente lo hace: apela a una gran idea colectiva cuando enfrenta turbulencias; y cuando cree que retorna la calma, reduce el alcance de la propuesta inicial y trata de reconstruir su imagen en solitario.

Esta ambivalencia podría influir de manera negativa tanto en su vínculo con los actores políticos como con la sociedad: una cosa es un estadista que convoca a un gran acuerdo para fijarle un rumbo al país en las próximas décadas, y otra muy distinta un gobernante que sólo busca votos legislativos para que le aprueben un proyecto de ley.

 

En ese contexto, si el discurso presidencial quiere colocar a quienes lo critican como un grupo de pesimistas que sólo saben quejarse –para que sean menos críticos o más prudentes en sus dichos–, sería saludable que supere el tono superficial con el que habla sobre el presente y proyecta un futuro inmediato venturoso.

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